San Bernardo

(Sobre la Conversión)

 

"Os habéis reunido para oír la Palabra de Dios.  Y no existe otra razón  de   que hayáis acudido a tan deseado encuentro.  Aprobamos este deseo y nos alegramos sobremanera. Dichosos los que oyen la Palabra de Dios, si es que la guardan. Dichosos los que recuerdan  sus mandamientos para cumplirlos. Él tiene palabras de vida eterna; llega el momento - y ojala sea este - en que los muertos  oirán su voz. Quienes la oigan, vivirán, pues la vida está en su voluntad. Si queréis saberlo, su voluntad es "nuestra conversión". Escuchadle si no: ¿acaso mi voluntad quiere la muerte del impío y no que se convierta y viva? Aquí vemos con toda evidencia que no hay para nosotros vida verdadera sin conversión; no es posible lograrla por otros medios. Lo dice el Señor: "Si no os convertís y no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos". Solo entran los niños. Un niño pequeño los guía; para esto nació y se nos dio.

La conversión de las almas no es obra de los hombres sino de la Palabra de Dios. Llamó el Señor a Simón hijo de Juan y lo hizo pescador de hombres; sin embargo, Pedro andaba bregando en vano toda la noche, sin coger nada; hasta que fiado en la palabra del Señor, echa la red y logra una pesca extraordinaria. Quiera Dios que hoy echemos la red de la palabra fiándonos de esa misma palabra, y podamos experimentar lo que está escrito: "Hará que su voz sea una voz poderosa". Si decimos falsedades, es cosa nuestra. Si buscamos nuestros intereses, y no los de Jesucristo, entonces habrá que pensar que esa voz no es la del Señor, sino la nuestra. Por lo demás, aunque hablemos de la santidad divina y busquemos la gloria de Dios, necesitamos orar esperando el fruto solamente de Él.

Abrid el oído de vuestro corazón a esta voz interior y escuchad atentos a Dios, que habla en la intimidad, no a mi, que os hablo desde fuera.

No hay que esforzarse mucho para advertir esta voz. Lo que cuesta realmente es cerrar los oídos para no percibirla. Ella misma se insinúa, se adentra y no cesa de golpear a la puerta de cada uno. "Durante cuarenta años he vivido con aquella generación, y dije: Andan siempre con el corazón descarriado" Todavía convive con nosotros, todavía sigue hablando. Pero apenas hay nadie que la escuche. Todavía sigue diciendo: "Andan con el corazón descarriado". Todavía la Sabiduría va gritando por las plazas. "Transgresores, volveos hacia el corazón". Es lo primero que nos dice el Señor, y parece que esta llamada va delante de cuantos por la conversión se vuelven hacia su corazón. Es más, los va disuadiendo, los fuerza a volver a un enfrentamiento consigo mismo. 

Su voz no solo es poderosa; es también un rayo de luz que descubre a los hombres su pecado e lumina lo escondido de las tinieblas. No hay diferencia entre esa  voz interior y la luz. Porque en ese rayo de luz y con esa palabra, ¿qué conseguimos sino conocernos a nosotros mismos?. Se abre el libro de la propia conciencia. Se repasa la cadena miserable de la vida. Se vuelve a revivir la página de alguna triste historia. Y así se ilumina la razón y se estimula la memoria como si todo lo contemplara con sus propios ojos".

  (Tratado  sobre  la  Conversión.)