Ven y sígueme...

os monjes y las monjas cistercienses son llamados por Dios a seguir a Cristo por el camino del Evangelio, interpretado por la Regla de San Benito y la tradición de Cister. El compromiso del Bautismo adquiere un nuevo sentido y, desde ese momento, el itinerario monástico se orienta a la transformación progresiva de la persona a semejanza de Cristo, mediante la acción del Espíritu Santo” (Documento sobre la formación, 1-2).

Todavía resuenan las palabras de Juan Pablo II a los jóvenes: “El Papa se fía y cuenta con vosotros, con vuestro compromiso cristiano y con vuestra colaboración a la causa del Evangelio”. “No tengáis miedo”. “Remad mar adentro”. “Conquistad la libertad mediante el combate espiritual vivido con constancia y perseverancia”. “Dejaos guiar por Cristo en la búsqueda de lo que puede ayudaros a realizaros plenamente”. “No os cerréis a su amor”. “Cada uno ha recibido de Él una llamada”. “Abrid las puertas de vuestro corazón y de vuestra existencia a Jesús”...

El camino cisterciense, es uno de los caminos posibles para el seguimiento radical de Cristo. El proceso para entrar a formar parte de esta familia monástica es el siguiente:

Lo primero y principal es sentirse llamada por Dios a ella. Esta llamada puede manifestarse de formas diferentes pero en el fondo siempre es un encuentro personal e interior con Jesucristo, amado sobre todas las cosas y al que no se quiere anteponer nada.

Un segundo paso es la decisión de responder a esa llamada. A la iniciativa de Dios sigue la disponibilidad total .

El tercer paso sería ponerse en contacto con el monasterio, una carta, una llamada telefónica, etc.; pasar unos días en la hospedería reflexionando en la oración y silencio, acudiendo a los actos de la comunidad; hablar con una Hna. que puede dar una información más concreta sobre la vida que se sigue en comunidad.

 


Después de estos días en la hospedería, que pueden repetirse cuántas veces se crea necesario, puede hacer una experiencia dentro del monasterio y siguiendo, paso a paso, la vida comunitaria. Estas experiencias pueden ser de un mes, quince días y cuantas veces se convenga con la persona que le acompaña en estos momentos.

Cuando la decisión está tomada, se ingresa para hacer un postulantado que dura, ordinariamente, un año, finalizado el cual se comienza el noviciado de 2 años. Los primeros votos se emiten por tres años como mínimo. Cuando, tanto la persona como la comunidad, han hecho un sereno discernimiento sobre la vocación, tiene lugar el compromiso firme con Dios y con la comunidad de vivir para siempre esa vida; compromiso que se rubrica con tres votos: Obediencia, Estabilidad y Conversión de costumbres; Obediencia a una Regla y una Abadesa; estabilidad para vivir allí donde la obediencia lo crea oportuno; conversión continua hacia una vida monástica vivida cada día con nueva ilusión y entusiasmo.